Crónica de una cuarentena

Crónica de una cuarentena – De miedos milagros y esperanzas

La siguiente Crónica de una Cuarentena llamada De miedos, milagros y esperanzas, fue mi aporte al concurso realizado por la Alcaldía de la Mesa, Cundinamarca y aunque no fue premiada, fue una bonita experiencia.


Corría el 5 de marzo de 2020 y siendo las diez de la noche mi cuerpo ya protestaba, estaba agotado tanto física como mentalmente. Habían sido tres semanas muy estresantes de llamar, cotizar y dejar organizado todo para podernos mudar junto con mi esposa, nuestro bebé y el abuelo, a lo que sentíamos sería un nuevo y mejor comienzo.

Desde hace años queríamos salir de Bogotá. Nuestra ciudad natal se había vuelto tan asfixiante y hostil que ya no nos sentíamos cómodos en ella y menos ahora con un bebé de 6 meses y un abuelo de 91 años que acababa de perder a la compañera de su vida.

Queríamos calidad de vida y sabíamos que en La Mesa la íbamos a encontrar. El solo hecho de respirar aire puro, sentir la naturaleza y estar cerca de mis suegros para ayudarles con la finca, ya valía todo el esfuerzo.

Durante mucho tiempo estuvimos imaginando y planeando lo que sería nuestra nueva vida, cómo mantendría a flote la empresa, la forma en que ayudaríamos a mis suegros y qué otra entrada de dinero crearíamos para asegurarnos una estabilidad.

Pero lo que nunca alcanzamos a imaginar, es que tan solo 15 días después, se declararía un simulacro de aislamiento en Bogotá que terminaría por convertirse en una cuarentena total a nivel nacional.

Las noticias llegaban a raudales, al igual que las noticias falsas y los audios y videos de supuestos colombianos en el exterior hablando de que la pandemia sería una hecatombe, que el gobierno ya lo sabía pero se lo iba a guardar para que el pánico no destruyera lo que el virus no logró.

He de confesar que esos primeros días estuvieron cargados de una gran incertidumbre, pánico y sentimientos apocalípticos que jamás había experimentado y que desafortunadamente ocupaban gran parte de mis pensamientos.

Sabía que eventualmente tendría que salir de nuestro refugio a comprar comida y las medicinas del abuelo, así que me preparé a conciencia e hice un listado mental de cómo debía manejarme en diferentes situaciones, por ejemplo, el abrir la puerta del cajero para retirar dinero, cuándo debía aplicarme gel en las manos y recordar que debía respirar de forma pausada y no tan profundamente tras el tapabocas.

Fue como prepararme para ir a la guerra, a mi mente venían escenas de películas de la segunda guerra mundial, donde los soldados se despedían de su familia antes de abordar el tren que los llevaría a enfrentar la muerte, o aquella en que la chica se ofrece como tributo para salvar a su hermana.

«Bienvenido a los Juegos del Hambre»

Ese martes por la mañana había llovido, así que el día se mostraba frío y algo lúgubre. Cuando salí de casa y empecé a andar hacia el centro siguiendo la ruta mental que antes había planeado, una espesa capa de neblina decidió acompañarme y de esa forma meterme más terror del que ya sentía.

«A buena hora se te da por aparecer viejo Juan»

Me descubrí mirando con desconfianza a las personas que encontraba en el camino y con tristeza reflexioné que este virus no solo estaba matando a la gente, sino que también estaba matando lo que nos hacía humanos, la cercanía, la calidez, un abrazo, un beso…

Fue un momento muy estresante, el miedo que los medios de comunicación y las redes sociales implantan en la mente de las personas, había hecho su efecto en mí.

Después de comprar lo que necesitaba y sin haberle dirigido palabra alguna a nadie, decidí regresar a casa, nervioso por no saber si llevaba el virus entre la ropa o en la suela de los zapatos.

Al llegar a casa seguí con meticulosidad el protocolo de desinfección que había planeado, desnudarme en el patio, poner la ropa a lavar y bañarme intensamente. Si hubiese sido físicamente posible lavarme con agua y jabón la garganta y los pulmones, seguramente lo habría hecho.

Y es que tener la responsabilidad de salvaguardar la vida de un abuelo de 91 años y un bebé de 6 meses, pesa demasiado en la conciencia.

Afortunadamente los días pasaron y el miedo fue disminuyendo, dejamos de ver noticias y solo nos manteníamos informados de las nuevas reglas de juego. Decidimos que no le íbamos a otorgar ese poder al virus, el de robarnos la paz que vinimos a buscar a este pueblo.

Aún hoy se nos mueve el corazón de saber que si no hubiéramos tomado la decisión de irnos de Bogotá, en este momento estaríamos atrapados en un apartamento de 50 metros cuadrados, mirando hacia un parqueadero atestado de carros llenos de polvo y marcas de lluvia tóxica y escuchando a unos vecinos cada vez más alterados por el encierro.

“¡Eso fue la abuelita! que desde el cielo movió fichas para encontrar ese santuario para proteger al abuelo”.

Es el sentir y la reflexión de toda la familia y la mía propia al darnos cuenta que nos salvamos por suerte de pasar la cuarentena en Bogotá y no en este hermoso lugar junto a un gran parque lleno de canarios amarillos.

Los mismos que con el transcurrir del tiempo se han convertido en compañeros fieles del abuelo, mientras él pasa el día sentado leyendo, haciendo su rosario y tomando tinto.

Sabemos que esto hasta ahora comienza y que la bestia aún no nos muestra su verdadera cara, pero tenemos fe en que esta experiencia que compartimos con toda la humanidad, nos va traer más enseñanzas que desgracias.

Confiamos en que las personas sabrán valorar la lección de humildad y resiliencia que nos está brindando la naturaleza y con el favor de Dios, nunca regresaremos a la normalidad, porque lo que considerábamos normal, era lo anormal.

Por:

Julián Socha

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